domingo, 15 de octubre de 2017

Una carrera científica de lenta maduración

Julius Axelrod compartió el Nobel en 1970 con el británico Bernard Katz y el sueco Ulf von Euler, por su trabajo en el modo en que los elementos químicos liberados por las terminaciones nerviosas del cerebro afectan al comportamiento humano. Por su parte, Axelrod explicó que los neurotransmisores del cerebro se comunican con las neuronas para regular una amplia gama de respuestas automáticas, incluyendo la digestión, el ritmo cardiaco y el flujo sanguíneo.
El trabajo de los científicos tuvo grandes implicaciones en farmacología, despejando el camino para el desarrollo de los inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina. Actualmente, esos fármacos se utilizan habitualmente en el tratamiento de la depresión, y poseen nombres reconocibles como Zoloft, Paxil, Prozac y Seroxat.
"Su contribución a los campos de la salud mental y la neurociencia hizo posible avances actuales en trastornos de humor y ansiedad y muchas otras áreas", afirma Thomas R. Insel, director del Nacional Institute of Mental Health en una declaración.

La carrera científica de Axelrod implicó una lenta maduración. Nació el 12 de mayo de 1912 en el Lower East Side de Nueva York. Sus padres eran inmigrantes judíos de lo que ahora es Polonia, y su padre se ganaba la vida como fabricante de cestas. Axelrod obtuvo la licenciatura en Biología del City College de Nueva York. Anhelaba ser médico, pero las estrictas cuotas para los estudiantes judíos -y lo que más tarde reconoció que eran unas notas menos que sobresalientes en algunas asignaturas- le impidieron la entrada en la Facultad de Medicina. Durante la Depresión alcanzó la mayoría de edad, necesitaba trabajo y le ofrecieron dos opciones: empleado de correos o técnico de laboratorio.
Durante más de una década trabajó en el Departamento de Salud de Nueva York probando la potencia de vitaminas añadidas a los alimentos. A finales de la década de los treinta, perdió la visión de un ojo al estallar en el laboratorio un frasco de amoníaco, razón por la que se libró del servicio durante la Segunda Guerra Mundial. El el resto de su vida tuvo que llevar unas gafas con lente oscura en el ojo izquierdo.
Axelrod realizaba sus investigaciones sobre vitaminas durante el día, y asistía a la universidad por la noche para obtener un master en Química de la Universidad de Nueva York. Su carrera dio un giro radical en 1945, cuando el reputado farmacólogo Bernard Brodie le ofreció trabajo en el Goldwater Memorial Hospital de la Universidad de Nueva York. Su trabajo conjunto más significativo fue con fármacos analgésicos.

A finales de los años cuarenta, escribieron dos influyentes trabajos que identificaron una nueva sustancia denominada acetaminofen como el elemento químico clave para la inducción de alivio del dolor en dicho fármaco. Su descubrimiento fue desarrollado como Tylenol. Aunque vería siempre a Brodie como su mentor, Axelrod decidió seguir adelante y, en 1949, se incorporó a lo que ahora es el National Heart, Lung and Blood Institute, donde estudió el metabolismo de la cafeína, las anfetaminas, la efedrina y los narcóticos. También descubrió un nuevo tipo de enzimas esenciales para la metabolización de ciertos fármacos. Sin un doctorado, progresar resultaba difícil. A los 41 años cogió una excedencia y asistió a la Universidad George Washington para obtener su doctorado.

Tras recibir su título en 1955, fue contratado como jefe de la sección de Farmacología del Laboratorio de Ciencia Clínica del NIMH. Se jubiló en 1984, pero siguió activo en el Nacional Institute of Mental Health durante otra década, a menudo asistiendo tres veces por semana como investigador. El NIMH le designó científico emérito en 1996.
"Su magia no residía en realizar experimentos que requirieran gran agudeza técnica", decía Michael J. Brownstein, colega y amigo, en una declaración hecha pública por el NIMH, "sino en hacer un trabajo que cualquiera podría haber desem-peñado... si hubieran tenido ideas. Lo que diferencia a los gigantes del resto de nosotros es la capacidad de formular grandes preguntas".-

domingo, 1 de octubre de 2017

El Experimento Tuskegee


En 1932 la sífilis era una epidemia en las comunidades rurales afroamericanas del sur de Estados Unidos. Las autoridades crean un programa especial de tratamiento para esta enfermedad en el Hospital de Tuskegee, el único hospital para personas afro que existía hasta entonces. La sección de enfermedades venéreas del PHS (Servicio Público de Salud) de los Estados Unidos, decide llevar a cabo un estudio sobre la evolución de la sífilis (1932-1972). Esta investigación fue financiada con fondos federales y se planteó como un estudio con personas en relación al curso natural de la enfermedad. Para ello, fueron seleccionados cuatrocientos hombres afroamericanos infectados con sífilis, y doscientos hombres sanos, como grupo control. El objetivo del estudio era comparar la salud y longevidad de la población sifilítica no tratada, con el grupo control, y así observar su evolución. A los sujetos seleccionados para el estudio y que estaban enfermos no se les trató su enfermedad, sin embargo se les ofrecieron algunas ventajas materiales. Además no se les informó acerca de la naturaleza de su enfermedad y sólo se les dijo que tenían la sangre mala (Bad Blood).

Durante el estudio se comprobó que las complicaciones eran mucho más frecuentes en los infectados que en el grupo control, y diez años más tarde, resultó claro que la tasa de mortalidad era dos veces mayor en los pacientes infectados con Sífilis. En el año 1942 se hace extensivo el uso de penicilina. Sin embargo, los pacientes enfermos que participan de estudio de investigación son privados del tratamiento con antibióticos. Más tarde se demostraría que sin el antibiótico la esperanza de vida de la persona infectada se reducía en un 20%.

La investigación continuó sin cambios sustanciales y se publicaron trece artículos en revistas médicas hasta que, en 1972, el periodista J. Heller publicó un artículo sobre este estudio en el New York Times, momento en el que comenzó la polémica sobre la ética de la experimentación en sujetos humanos, y producto de la controversia se vieron obligados a suspender la investigación. La justificación que dieron los investigadores fue que no hacían más que observar el curso natural de la enfermedad, sin ocasionar daño alguno. Los sucesos citados condujeron a la elaboración del reporte Belmont, y al establecimiento del Consejo Nacional para la Investigación Humana y los consejos Institucionales de Revisión de Protocolos de Investigación.

Referencias

1.- Jones, JH. Free Press; New York: 1981. Bad blood: the Tuskegee syphilis experiment.

2.- Reverby SM. More than Fact and Fiction. Cultural Memory and the Tuskegee Syphilis Study. Hastings Center Report. 2001; 31: 22-28.

3.- Brandt AM. Racism and Research: The Case of the Tuskegee Syphilis Study. Hastings Center Report. 1978; 8: 21-29.

4.- Beecher HK. Ethics and Clinical Research. N Engl J Med. 1966; 274: 1354-1360

5- Vanessa Northington Gamble, MD, PhD. Under the Shadow of Tuskegee: African Americans and Health Care. Am J Public Health 1997; 87:1773-1778.

6.- Ralph V. Katz, DMD, MPH, PhDa,*, S. Stephen Kegeles, PhDb, B. Lee Green, PhDc, Nancy R. Kressin, PhDd, Sherman A. James, PhDe, and Cristina Claudio, PhDf. The Tuskegee Legacy Project: history, preliminary scientific findings, and unanticipated societal benefits. 2003 January ; 47(1): 1–19.

7.- Vanessa Northington Gamble, MD, PhD. Under the Shadow of Tuskegee: African Americans and Health Care. American Joumal of Public Health 1773.

8.- Wendy K Mariner, JD LLMMPH. Public Confidence in Public Health Research Ethics. January/February 1997 * Volume 112.

9.- Ralph V. Katz, DMD, MPH, PhDa,*, S. Stephen Kegeles, PhDb, B. Lee Green, PhDc, Nancy R. Kressin, PhDd, Sherman A. James, PhDe, and Cristina Claudio, P.D.. The Tuskegee Legacy Project: history, preliminary scientific findings, and unanticipated societal benefits. Published in final edited form as: Dent Clin North Am. 2003 January ; 47(1): 1–19.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Maldita tesis

UN BUEN TÉCNICO HACE UN BUEN LABORATORIO

De mi paso por laboratorios de América y Europa puedo decir que la viñeta que se reproduce abajo es una gran verdad. El técnico, cuando está motivado y trabaja bien, es el que salva el trabajo en un laboratorio. Tiene contrato indefinido, conoce los equipos, conoce cuales son las fallas del sistema y como puede hacer para encontrar soluciones. Un buen técnico hace un buen laboratorio.

¿Cuál es la clave de su productividad? la tranquilidad de un contrato indefinido y los beneficios de una permanencia larga en su lugar de trabajo que les hace conocer todos los entresijos del centro en donde trabajan. Sin embargo, el sistema busca la precariedad, el estimular la competencia al máximo. Los directores de grupo, normalmente personas con un perfil sociópata bastante alto, buscan en sus esbirros-acólitos el mismo perfil que ellos tenían en el momento de la tesis. Si no tienes ese perfil es muy difícil que llegues a tener una buena relación con ellos. ¿No era eso lo que se llamaba "kin selection"?.

UN SISTEMA QUE RECLAMA DINERO PERO NO MEJORAS LABORALES

Cada vez que se reunen los grandes capos de la ciencia, su mensaje es único: "Mamá manda dinero". No les he escuchado ni una sola vez decir que el principal problema de la ciencia es la mala gestión del capital humano y no la falta de dinero. Si no hay dinero para la ciencia deberían restringir el acceso a alumnos que no hayan demostrado una excelencia previa. Sin embargo, el sistema está ávido de Umpalumpas que generen resultado con los que pedir dinero y seguir aumentando el currículum. Que existe maltrato en la ciencia no le sorprende a nadie que conozca un poco el sistema académico. Es bueno que esto se sepa. Por eso recomiendo el cómic del que se habla más abajo

Reproduzco este artículo publicado en Valencia Plaza por Álvaro González sobre el comic "Maldita tesis"

En otro mundo, el del cómic, salió una pequeña novela gráfica que trataba el asunto de los doctorados y lo hacía reuniendo todo este tipo de quejas. Lo único es que Maldita Tesis (Grijalbo, 2016) -disponible en Kindle, de Tiphaine Rivière, transcurría en Francia, país que consideramos un pelín más serio que el nuestro. Y, muy concretamente, con una universidad más seria que la nuestra, que debería ser analizada según la máxima de Pirandello de que la realidad puede permitirse no ser verosímil, no así el arte. Un cómic con entresijos de la vida académica española, si se realizase en clave de realismo soviético, no se lo creería nadie.
Porque parecería hiperbólico. Para que la gente se tomase en serio la historia habría que rebajarla de personajes desequilibrados con poder, acomplejados llenos de odio también con poder, gentes decentes con la mirada del tigre de los veteranos de Vietnam y cuchilladas y navajazos por doquier, amén de nombramientos digitales realizados a plena obscenidad del día.
Lo que plasmó Rivière no sabemos si define a toda la universidad francesa, pero sí que reflejaba indirectamente muchos fenómenos habituales en la española. Por ejemplo, el personaje de la secretaria que finge ser una auténtica incompetente solo para que nadie le pida que haga nada a lo largo del día. Incluso su carácter tampoco parece algo exclusivo de por ahí arriba, ya que desmoraliza a los alumnos con comentarios hirientes y críticas veladas a sus proyectos con un espíritu de hacia la alegría por el mal.
El director de tesis de la protagonista, en su primer encuentro, solo está pensando en cómo instrumentalizar a la doctoranda y su trabajo frente a una compañera de departamento que le hace la competencia. No escucha en absoluto a la alumna porque está absorto en cómo machacar a su rival. Sí, son así.

Sueldos y becas de miseria solo si hay suerte

Y, por supuesto, la vida de la doctoranda tampoco nos es ajena. La protagonista del cómic se pasa las primeras semanas de doctorado no haciendo absolutamente nada, permitiéndose licencias para vaguear, y cuando tiene que dar clase gasta más tiempo preparándolas que si trabajase a jornada completa por cuenta ajena. Todo ello para cobrar una miseria y al semestre. Eso cuando cobra, porque luego recibir el dinero, tal y como lo describe la autora, también en Francia puede convertirse en un infierno burocrático digno del objeto de estudio e investigación de su doctorado: Kafka.
El fuerte de Maldita Tesis como tebeo es que el guión está establecido a partir de los pensamientos íntimos de esa chica. Por eso es realmente gracioso cómo está subyugada y sometida al director de tesis, al que en un principio admira como si fuese una deidad y tras sus encuentros repasa mentalmente todas sus palabras y miradas. Mientras tanto, la familia está preocupada por una hija que se acerca peligrosamente a la treintena y tiene unos ingresos de chiste.

Directores de tesis escurridizos 

Ocurre lo mismo con el director de tesis, que también sus pensamientos aparecen desnudos y se muestra sin pudor cómo torea de mala manera a la doctoranda solo con el único fin de que no le agobie con sus preguntas o le haga leer la tesis mientras la escribe. El hombre, la eminencia, lo que humildemente quiere es no dar ni chapa.
Por lo demás, la frase "Podrás ponerlo en el currículum, aunque no lo cobres, que es lo importante", motor de nuestra universidad y cada vez más de las fases de entrada en el mundo laboral de cualquier persona, también aparecen en el cómic.
Las relaciones humanas, por otra parte, dentro de estos departamentos se rigen por la desconfianza. Cuando le presentan a alguien, lo primero que pasa por su cabeza es "¿amiga o enemiga?"

En casa, en pijama, meses

Lo demás, la desesperación del que se adentra en una investigación de calado con la premisa de aportar algo original no por obvia es menos divertida. Aunque también es triste de ver. La protagonista de este tebeo se pasa meses en casa, con su pijama viejo, enfrentándose al ordenador con sus tacitas de té y un YouTube que la desconcentra constantemente.

Autobiográfico

Aunque sea un cómic sencillo, de humor blanco y a veces un poco naive, tiene mordiente y sirve muy bien a su propósito. Parte de ello se deba seguramente a que la autora, Rivière, pasó por este infierno en su día. Hizo una tesis sin beca y tuvo que ocupar puestos de trabajo "monótonos y repetitivos" en la Sorbona para ganarse la vida. El origen de esta novela gráfica estuvo en que, desesperada y aburrida en esas tareas, comenzó a colgar sus dibujos en un blog protagonizados por los personajes, burócratas y fieras de departamento, que la rodeaban.
Al estar de secretaria en el departamento de tesis, conoció a cientos de doctorandos que le contaban sus penas. Tenía que resolver sus problemas, a menudo complicaciones laberínticas o incluso choques de egos entre sus directores de tesis. Todo ello es lo que plasmó en su obra y el resultado es de gran ayuda, al menos para no llorar solo, para todos aquellos que se han metido en semejante empresa. Y además, el tebeo arroja un poco de esperanza. A su autora, la tesis, le sirvió para odiarla, plasmar su odio en unas viñetas e iniciar una carrera como historietistas. Sí, el doctorado no es tan inútil, como se puede comprobar.

sábado, 16 de septiembre de 2017